
La propia vinculación del arte bizantino con el Imperio Bizantino y con el ceremonial y el boato imperial, añadido a la legitimación que otorgaba la fe ortodoxa facilitaron la expansión del arte bizantino en las zonas geográficas vinculadas a la Ortodoxia, especialmente en los territorios de las actuales Ucrania, Bielorrusia y Rusia.
Tras haberse consolidado la ortodoxia y el arte bizantino en las tierras rusas (por ejemplo, en Kiev se copiaron barrios enteros de Constantinopla), la caída de Constantinopla en 1453, con la emigración que trajo aparejada el proceso, hizo que emergiese el Imperio Ruso como heredero natural de Bizancio, asumiendo como parte inherente a dicha herencia los elementos básicos del arte bizantino.
Por otro lado, la arquitectura bizantina abrió la puerta en Europa Occidental a la arquitectura románica y a la arquitectura gótica. En Oriente ejerció igualmente una profunda influencia en la arquitectura islámica, con ejemplos destacados como en la Mezquita de los Omeyas de Damasco y la Cúpula de la Roca en Jerusalén, que ponen de relieve en sus decoraciones el trabajo de los artesanos y constructores de mosaicos bizantinos. En Bulgaria, Rusia, Rumania, Georgia y en otros países de fe ortodoxa la arquitectura bizantina siguió en vigor durante mucho más tiempo, dando origen a diversas escuelas arquitectónicas locales.
En el siglo XIX, paralelamente al renacimiento del arte gótico que dio lugar a la arquitectura neogótica, se desarrolló iguamente una arquitectura neobizantina, que inspiró joyas arquitectónicas como la catedral de Westminster en Londres. En Bristol, entre 1850 y 1880 se generó un estilo conocido como Bizantino de Bristol, convertido en popular gracias a los edificios industriales que combinaban elementos bizantinos con otros procedentes del estilo arquitectónico mudéjar. Fue desarrollado a gran escala en Rusia por Konstantin Thon y por sus discípulos, quienes proyectaron la catedral de San Vladimiro en Kiev, la catedral de San Nicolás en San Petersburgo, la catedral de Alejandro Nevski en Sofía y el monasterio de Nuevo Athos, cerca de Sukhumi. El mayor proyecto neobizantino del siglo XX fue el Templo de San Sava en Belgrado.
Tras haberse consolidado la ortodoxia y el arte bizantino en las tierras rusas (por ejemplo, en Kiev se copiaron barrios enteros de Constantinopla), la caída de Constantinopla en 1453, con la emigración que trajo aparejada el proceso, hizo que emergiese el Imperio Ruso como heredero natural de Bizancio, asumiendo como parte inherente a dicha herencia los elementos básicos del arte bizantino.
Por otro lado, la arquitectura bizantina abrió la puerta en Europa Occidental a la arquitectura románica y a la arquitectura gótica. En Oriente ejerció igualmente una profunda influencia en la arquitectura islámica, con ejemplos destacados como en la Mezquita de los Omeyas de Damasco y la Cúpula de la Roca en Jerusalén, que ponen de relieve en sus decoraciones el trabajo de los artesanos y constructores de mosaicos bizantinos. En Bulgaria, Rusia, Rumania, Georgia y en otros países de fe ortodoxa la arquitectura bizantina siguió en vigor durante mucho más tiempo, dando origen a diversas escuelas arquitectónicas locales.
En el siglo XIX, paralelamente al renacimiento del arte gótico que dio lugar a la arquitectura neogótica, se desarrolló iguamente una arquitectura neobizantina, que inspiró joyas arquitectónicas como la catedral de Westminster en Londres. En Bristol, entre 1850 y 1880 se generó un estilo conocido como Bizantino de Bristol, convertido en popular gracias a los edificios industriales que combinaban elementos bizantinos con otros procedentes del estilo arquitectónico mudéjar. Fue desarrollado a gran escala en Rusia por Konstantin Thon y por sus discípulos, quienes proyectaron la catedral de San Vladimiro en Kiev, la catedral de San Nicolás en San Petersburgo, la catedral de Alejandro Nevski en Sofía y el monasterio de Nuevo Athos, cerca de Sukhumi. El mayor proyecto neobizantino del siglo XX fue el Templo de San Sava en Belgrado.
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